Convento de San Francisco

Belvís de Monroy, Cáceres

Tipo de recurso: Arquitectura > Arquitectura Religiosa

Recogido en un valle como la mayoría de los conventos y eremitorios extremeños, se encuentran las ruinas de uno de los edificios más significados de la orden franciscana de la provincia de San Gabriel. Su fundación data de principios del siglo XVI, siendo los primeros moradores Fray Juan de Valencia, Fray Juan de Garrovillas y Fray Diego de Villanueva. De los tres, el primero encabezaría un grupo de doce frailes que en 1.524 ponen el pie en Nueva España (Méjico) para iniciar una labor evangelizadora auspiciada por el mismísimo Hernán Cortés. A la historia pasaron como los doce apóstoles de Méjico, pero más allá de la evangelización encomendada atendieron también a la fundación de escuelas, conventos e iglesia, sin la cual y siguiendo las palabra de J. Timón, hubiera sido imposible el entendimiento y la simbiosis, tanto racial como cultural que se produjo entre dos mundos tan radicalmente opuestos. Otras figura insigne que vivió en este convento fue Juan Garavito, más conocido como San Pedro de Alcántara, reformador de la orden, asceta, penitente, místico y fundador del convento del Palancar en Pedroso de Acín y de San Pedro de los Majarretes en la campiña Valenciano-alcantarina. Desamortizada la iglesia, ha sido pasto de la rapiña, sin embargo lo que queda en pie, da una idea del desarrollo e importancia alcanzadas. Lo primero que se le ofrece al visitante que se adentra hasta él, siguiendo el camino de Belvís, es la fachada lateral de la iglesia sujeta por contrafuertes con una sencilla entrada que fue puerta principal. El interior da paso a una nave cubierta por una bóveda de aristas recientemente reconstruidas, que termina en una cabecera separada por un arco de medio punto. Dicha cabecera es de planta rectangular, permanece aún cubierta por una cúpula apoyada sobre pechinas y rematada en una linterna. Adosado a la iglesia un modesto claustro gira en torno a un patio con un receptáculo o aljibe para la recogida de aguas procedentes de la lluvia. Las celdas se encontrarían en el piso superior, dejando el inferior para comunicar con otras dependencias como la sacristíia que se abre a la izquierda. La decoración del convento es escasa reservando los zócalos para unas losetas de cerámica vidriada que han desapareció casi en su totalidad. Las paredes se pintaron o esgrafiaron, apreciándose en los desconchones de la pared la incorporación de unos temas u otros según las épocas. La sacristía fue uno de estos lugares donde se empleó el esgrafiado de figuras geométricas; Hasta ella debía de llegar el agua de la alberca situada en el huerto o de otro depósito, pues conserva una pila con surtidor. Al Norte quedaba el refectorio, un edificio de tres plantas con una altura paralela a la de la nave de la iglesia, parcialmente hundido. A un costado del refectorio, una nave de dos pisos atraviesa el convento de Este a Oeste , sólo la robustez de la bóveda de su planta baja, ha permitido que esta se conserve relativamente bien, al igual que otras habitaciones anejas, que se comunican entre sí a través de arcos, túneles y escaleras. En el huerto una alberca guardaba el agua que mediante conducciones traían de manantiales al convento, aunque contaba también el huerto con una fuente que protegieron con una casita de piedra y a la que rodearon de unos bancos corridos. Es de suponer que el convento tendría también bodegas, cocina, cuadras y albergue, pero a la vista de las ruinas resulta difícil conjeturar, cual pudo ser una u otra. Los recientes trabajos que está llevando la Escuela Taller se han descubierto en la nave de la iglesia el cementerio, donde están enterrados entre otros los fundadores del convento, Don Francisco de Monroy y doña Francisca Enríquez y uno de los t;doce t; apóstoles de Méjico, Fray Francisco de Villasbuenas. Fuente: Ministerio de Cultura
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